jueves, 2 de mayo de 2013

La vida es un sueño, la realidad es frágil e ilusoria. Cuento.


He sentido frío y me he arropado un poco más con esta vieja manta, deshilachada, que tengo en mi jergón. Pero por más que me acurrucaba no dejaba de sentir el frío de la madrugada y no me quedó otro remedio que levantarme para empezar las tareas de todos los días, barrer el suelo de tierra de esta casa en la que las ventanas y las puertas tienen flojera de ajuste. Me he echado un pedazo de pan mojado en leche para ablandarlo, pues la escasez de dinero nos impide comprar a diario pan tierno. Tras este asuste de tripas me he salido a la calle en busca de algún quehacer para poder ganar unos reales y de esa forma llevar comida a la mesa.

Las horas se han ido pasando lentamente al abrigo de la sombra de los soportales sin que nadie se acercase a mí para ofrecerme un lugar donde realizar esa tarea que al cabo del día me distrajese de mis deudas y con ello poner algo en el puchero y recuperar un poco las fuerzas para seguir afrontando los días siguientes. Si mi tristeza era mi sombra, una sombra tenebrosa que me recordaba minuto a minuto la realidad en la que vivo. Una realidad escalofriante y odiada por todo aquel que no tuviese nada para sobrellevar el paso de los días.

Sentado en un rincón de los soportales me puse a pensar en la tristeza que veía en la cara de la gente que pasaba a mí alrededor, los cuales compartían conmigo la misma crueldad de la realidad que nos hacía vivir en un estado tan frágil. Cada día éramos menos los que nos juntábamos en los soportales a la espera de un terrateniente o clérigo que tuviese a bien compartir unas migajas de sus riquezas que a nosotros tanto bien nos hacían y que para ellos no significaba ninguna reducción de sus muchas riquezas. El hambre hacía mella en nuestros cuerpos y raro el día que las comadres no comentaban la muerte de algún infeliz a causa del continuo ayuno al que estábamos obligados los ausente de riqueza.

Esta realidad me despertaba cada día al autentico sentido de la vida en el mundo, es decir, lo fugaz de nuestro paso por la vida y los muchos problemas que nos hacemos para intentar engañar al verdadero fin de nuestro paso por esta tierra, la muerte.

Metido en este sueño profundo se desató mi imaginación y me creí estar viviendo y disfrutando de todas esas riquezas de manjares, palacios y vestimentas. Mis ricos vestidos me hacían parecer una persona distinta a todos los demás, mi mesa rebosaba de suculentos platos, las grandes chimeneas inundaban de calor todas las habitaciones de mi grandioso palacio, las fuentes del jardín susurraban una suave melodía que me ayudaba dormir una placida siesta sin otra preocupación que volver a sentarme a la mesa y disfrutar de los alimentos.

De repente un golpe fuerte en mi costado y una voz autoritaria me devolvió a la cruel realidad de la que no había logrado escapar, de un puntapié me hizo levantar el alguacil y me obligó a seguirle hasta la prisión acusándome de vagabundo.

Yo intenté explicarle que sólo estaba buscando un trabajo que me permitiese ganar unas monedas para alimentarme a mí y a mi familia sin necesidad de andar robando; él desoyó mis argumentos y me empujó al fondo del cuarto oscuro del calabozo donde me encontré con muchos conocidos de los soportales.

Allí, sólo nos quedaba darnos ánimos los unos a los otros y esperar a que nos trajesen el cuenco de agua sucia, que era la sopa, y el tarugo de pan duro que nos lanzaban como si fuésemos perros. Pasados varios días y ante la insistencia de mis familiares de no ser un mendigo me pusieron en libertad bajo la condición de llevar a cabo unos trabajos para los clérigos. Acepté la propuesta ya que de esa forma me libraba de estar sentado en los soportales sufriendo la intemperie y el devenir de la diosa Fortuna.
De esta manera mi vida fue haciéndose un poco más llevadera y todos los días podía contar con un mínimo de comida.

Lentamente me fui haciendo con un pequeño capital que me permitía comprar algunos animales que me proporcionaban unos ingresos extras, pues me daban la oportunidad de vender lo que me sobraba. Estaba yo en estas ideas de ir haciéndome cada día un poco más rico sin pensar que esto a su vez me estaba creando muchas enemistades debido a la envidia que mi nueva situación producía.

De repente oí a las puertas de mi casa un gran alboroto y grandes voces, al asomarme a la puerta para ver que ocurría me di de cara con la autoridad que venía a llevarme preso otra vez pues se me acusaba de haber ido engañando y robando a los clérigos que me habían dado cobijo; a empujones y con gran violencia me sacaron de casa y me llevaron ante el juez, el cual haciendo caso omiso a mis suplicas me condenó a remar en  los barcos mercantes que viajaban por los grandes mares. Toda mi pequeña riqueza fue confiscada y mi familia volvió a las grandes penurias de antaño y yo atado a remos no podía hacer otra cosa que lamentarme por la situación que nos obligaron a vivir.

Derrumbado sobre la bancada por el cansancio, me percaté de lo cruel y pasajera que puede llegar a ser la vida de una sencilla persona, ahí comprendí que toda la vida no es sino un sueño que está llena de ilusiones con los cuales ir sobreviviendo.

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